Permanecer impávida no es fácil cuando la angustia te azota permanentemente, y lo único que puedo hacer es sumirme en la brisa de la resignación y la ola del olvido; aunque realmente lo que me hace pensar, no es si es fácil o difícil, no me importa si me hace mal o no me hace nada, trato de amortajar las imágenes de mi interior, y en lo posible, que nunca refloten.
Tal vez no sea un canon, algo así como tranquila y estable, pero puedo sentirme plena con el simple hecho de saber que algún día ya no estaré aquí, y no lo pienso con aires de melancolía o por señales de bonanza, lo digo con la idea de estar consiente que no creo en nada, y me gusta ser así, o me gustaba hasta antes de pensar en una soledad remitida, esa de los escupitajos, y de las miradas sobre el pecho. Nunca había pensado en la soledad como un estado permanente, siempre la vi como un murmullo, un suspiro, una liberación, una necesidad, sin depender del ajeno, eso es bonito, es bonito pensar en uno mismo, mirar para los lados tan miserable como saber que es miserable, pensarlo y escribirlo es igual de patético que todo lo que he dicho.
Solo tengo ganas de retratarlo todo, guardar en mi memoria las plantillas de mi permanencia, sentirme a gusto con sensaciones que, antes de estar así, pude experimentar.
Recalcándote, y aunque trate de separar la neblina en mi cabeza, no puedo, pero da igual, nunca he podido interferir en el sentir ajeno, me siento mejor así, y aunque me encantaría poder decirlo todo, prefiero dejar el enunciado a medio terminar; hasta el momento no me hace mal, espero que nunca llegue el punto en que ya no te pueda ver todos los días y que el sentir tu esencia cerca sea un mar de sensaciones que reflotan como nubes del suelo.
Falsa Modestia
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viernes 2 Comments
Senibus
Trataba parar el mundo, todo giraba veloz mientras ella, parada en la acera, contemplaba la luz reflejada en la sonrisa de otros. No habia nada que se equiparase a ese brillo estelar y sin embargo la mayor parte del día seguía ciega.
Sus dedos era pequeños, los tenía devastados en movimiento, debió ser a causa del terror de los vientos. No había forma de salir de su laberinto. Lo intentaba cada mañana al cerrar los ojos.
En las mañanas utilizaba un paraguas para que el sol no mudara su color. Todas las calles le parecían iguales, quizás variaban los tejados, pero cada esquina tenía el mismo olor.
Pensó que quizás siguiendo otros parajes del cielo, destinados en sus ojos mutilados, podría escapar de su barrio laberíntico en el que todas las calles olían a sangre y orina.
Y así fue como después de cada intento lo logró, logró dejar de sentir los dardos, sus ojos, su pelo, sus manos. El laberinto tenía salida.
lunes 2 Comments
Inroga
en murallas
azotan tu derecho
te clavan te empujan
eso si, ahora es, grita
martes 2 Comments

